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El Mito del Yamur Tuktuy

Cuentan los Yayas (ancianos) que en la edad de la primera luna, el primer sol en la Marka de los Kichwas Otavalos, el cielo oscureció por varios meses, las plan­tas empezaron a secarse y los ríos a desaparecer.


Ariruma Kowii

Cuentan los Yayas (ancianos) que en la edad de la primera luna, el primer sol en la Marka de los Kichwas Otavalos, el cielo oscureció por varios meses, las plan­tas empezaron a secarse y los ríos a desaparecer. Los Yayas (ancianos), los Kurakas (autoridades), los Yachak (shamanes), reunidos alrededor de una tullpa acordaron convocar a los pobladores de la marka, así, mien­tras el fuego era alimentado por piedras sagradas que mantenían vivo el fuego, tocaron los pututos (bocinas), los wankar (tambores), y convocaron a toda su población y escogieron a los Amautas, guerreros más sabios y há­biles de la marka y les pidieron que divididos en grupos de dos, recorran todos los suyos el norte, el sur, el es­te y el occidente, hasta encontrar: luz, agua, aire y alimento.

Aquella noche, los Yachak más ancianos de la comunidad hicieron la entrega de pequeños pondos de mate, para que en su interior, depo­siten la luz, el agua, el aire y el ali­mento que pudieran encontrar. A ca­da uno les dijeron que si se hace rea­lidad este milagro, antes de partir se alimenten y beban el líquido que puedan necesitar, pero que en el tra­yecto no topen nada de los pequeños pondos, que tienen que ser leales a sí mismos y tener la suficiente volun­tad para que sus cuerpos y sus men­tes no se dejen vencer por la tenta­ción del hambre o de la sed, que si cumplían aquel compromiso no afectarían la semilla de la vida, que ésta llegaría intacta y que entonces nunca más volvería a repetirse la tragedia que estaban viviendo.

Los Yachak de la Marka, con can­tos, danzas y sueños sagrados, hi­cieron la limpia de los trayectos por donde se dirigirían los chaskis y les encaminaron en su misión. El pue­blo esperaba impaciente y a veces parecía perder el control, pero los Yachak, con sus palabras sabias lograban controlarlos y les enseñaban la virtud de la serenidad; así pasó mucho tiempo y el silencio, la quie­tud empezaban a reinar, los recién nacidos, los más ancianos empeza­ron a morir y sólo el silencio co­menzó a sobre poblar cada rincón de la región. El pueblo se mantenía quieto, conservando al máximo su concentración y la poca energía que le quedaba. Los Yachak de la marka no desmayaban y turnándose trans­mitían su energía a los más debilita­dos, así se alentaban y esperaban con paciencia el anuncio de algún pututo que se exprese en alguna re­gión, algunos concentraban su aten­ción al norte, otros al sur, al este y occidente, todos parecían estar aten­tos y en un lapsus de descuido que­daron dormidos, apoyados en las palmas de sus manos.

Así, mientras el cansancio logró vencer al pueblo, a lo lejos y de rato en rato se escuchaba el débil sonido de un pututo, los sonidos llegaban como sueños al subconsciente de la población y sus corazones paulatina­mente comenzaron a aumentar de ritmo hasta hacerse insostenible y sobresaltados todos despertaron, a lo lejos divisaban una pequeña luz que ardía como luciérnaga, se encendía y desaparecía: en ese mismo momento desde los otros suyos se escucharon leves rugidos de pututos (bocina), entonces todos se pusieron de pie y se mantuvieron alertas, vigilando cada milésima de aquel lugar.

Los pututos se escuchaban con mayor claridad, así los chaskis que se dirigieron hacia el oriente traían antorchas que iluminaban su trayec­to y llegaron hasta el lechero en don­de se encontraban los Yachak de la región e hicieron la entrega del pri­mer pondo. Los Yachak. los Kurakas, tomaron el pondo y luego de cumplir con la ceremonia de rigor destaparon el pondo y desde su inte­rior fluyó la luz a lo largo y ancho de la marka. Así retomó la luz a la Marka de Otavalo, luego llegaron los chaskis que fueron hacia occidente, entregaron el pequeño pondo y los Yachak hicieron lo mismo que el anterior, destaparon el pequeño pondo y el aire fresco se dispersó por toda marka; luego llegó el chaski que se dirigió hacia el sur, tomaron el pon­do y lentamente lo destaparon, y el agua empezó a fluir, a penetrar en la tierra y a formar pequeños riachuelos que se dispersaron por todo lugar. Finalmente llegaron los últimos chaskis, los chaskis que se internaron hacia el norte, depositaron el pondo en manos de las ancianas y lentamente lo destaparon, de su fondo caían pequeños granos de maíz; el pueblo al ver todo esto, se pusieron en fila y de manera ordenada pasaron uno por uno tomando en sus manos dos gra­nitos de maíz, un macho y una hem­bra: así pasaron muchos días y al fi­nalizar, con todos los chaskis que re­tomaron del norte, les enseñaron a sembrar.

Así pasaron varios meses y todo retornó a la normalidad; el maíz cre­ció y con la primera cosecha prepa­raron: tortillas, coladas, tostado... y chicha (bebida presentada a base de maíz) y para rendirle homenaje a la madre tierra, celebraron la gran fiesta del Inti Raymi; luego para la segunda siembra procedieron a seleccionar las mejores semillas e indistintamente sembraron en varias lugares, valles, montañas, extensiones inmensas de maíz.

Llegó la segunda cosecha y obtuvieron varios tipos de maíz: rojo, blanco, amarillo, negro, el chulpi, también aprendieron a tratarlo y de él obtuvieron el morocho; la gente estuvo muy agradecida y sorprendida por los frutos obtenidos, entonces las personas muy sabias de la Marka, se propusieron preparar la bebida más sabrosa de la region y tras largos ajetreos, preparativos, ensayos, se detuvieron al lograr us sabor especial y llamaron a todas las autoridades de la region a que prueben la bebida y emitan su opinión. Dicen que en ese lapsus de espera los dioses del cielo y la tierra: Pachakamak, Allpa Mama, las Wakas Sa­gradas, percibieron la fragancia de la bebida y decidieron hacerse presen­tes en la Marka de Otavalo, la sor­presa fue única e inolvidable y su gente invadida por la alegría de saber que sus dioses estaban de visita en su región, preparó las mejores comidas, y se dirigió a la loma principal de Otavalo, al Lechero, ahí se concentro toda la población con sus autorida­des y les rindieron homenaje a los dioses que les visitaban.

La ceremonia comenzó, los an­cianos de la región rindieron culto a las cosechas obtenidas, bendijeron la comida y la bebida; Pachakamak, Allpa Mama, las Wakas Sagradas, realizaron la ofrenda de la bebida y la bebieron y dijeron que esa bebida se llamaría Yamur Tuktuy, la bebida del florecimiento, que su bebida nos debe recordar los días críticos que tuvo que vivir la region y que por esa misma razón, nadie debe olvidar el respeto que debemos tener a la Madre Tierra, el respeto que debemos tenernos nosotros mismos y a los demas; que nadie debe abusar de los productos que obtiene de la Madre Tierra; diciendo asi, bebieron y el ultimo puchito de la bebida lo ofrecieron a la Madre Tierra, diciendo que aquello simboliza el florecimiento perma­nente de la tierra. Los Dioses agradecieron las aten­ciones y luego de bendecir a todos y cada uno de los pobladores se mar­charon y llevaron consigo los pon­dos sagrados que devolvieron la vi­da a la región. Dicen que si los po­bladores de la región de Otavalo, ol­vidan sus virtudes: la honestidad, la bondad, la disciplina, el trabajo, la justicia, los dioses pueden destapar los pondos de la vida y dejar que ella se vacíe y nuevamente padezca­mos la tragedia y el olvido que vivi­mos en la edad de la primera luna, en la edad del primer sol.



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