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Otavalo es solo música
“Nuestra vestimenta tradicional está en decadencia y eso nos motiva a usarla. Ese es nuestro éxito, el cual nos llevó a componer 130 canciones grabadas en 12 CD”, dice Alfonso Cabascango, líder de Ñucanchi Ñan (Nuestro camino).
Miguel Castillo. El Comercio, Redacción Ibarra
La fiesta del florecimiento o Pawkar Raymi se vive con entusiasmo en Otavalo. No solo es una celebración ligada a los ritos ancestrales en honor a la Pacha Mama, también es una oportunidad para que cientos de indígenas, dispersos por el mundo, se reecuentren con sus amigos y familiares.
Entre febrero y abril los ‘afuereños’ llegan. También los conjuntos musicales andinos.
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Los integrantes de esas bandas vienen a exponer sus nuevas composiciones y lo hacen con festivales multitudinarios. “Nukanchik rrunatakikunaka paktamikan tukuy pachapi” (Nuestra música andina estará por siempre) es la frase colectiva que ha hecho suya más de un centenar de grupos folclóricos otavaleños en los últimos 30 años y por el mundo.
Muchos han conseguido fama, reconocimiento y dinero, tres escalones que ahora les obligan a soportar una existencia dual: retornan por temporadas a sus comunas de Otavalo y mantener su residencia en otros países de Europa, Norteamérica y Asia.
Muchos se casaron con extranjeras. El proceso se desencadenó en los setentas. Así lo recuerda José Luis Fichamba, uno de los fundadores del grupo Ñanda Mañachi, el cual con otras bandas (Rumiñahui, Peguche, Indoamérica, Taller Causanacunchic) fueron el tronco del cual creció el actual ritmo andino. “La música fue el desfogue a nuestra opresión, racismo y marginalidad. Hace más de tres décadas se juntaron músicos y Peguche fue su cuna. Ñanda Mañachi se inició con 15 integrantes, renovados con el tiempo, pues algunos formaron otras agrupaciones que hoy son muy respetadas”.
Mushuk Wuambrakuna, Cullqui Illac, Apurimac Tushuy, Imbaya Kuna, Yarina, Charijayac, Chaqui Ñan, Winiaypa, Ñucanchi Ñan, Jailli, Karu Ñan, Faccha Huayras…son algunos grupos que han conseguido notoriedad.
La fusión de ritmos e instrumentos fue inevitable. Los yaravíes, sanjuanitos, pasillos, intiraimis se alternan con canciones románticas, ecológicas y de protesta.
Las quenas, zampoñas, pingüllos y flautas se unen a los violines, contrabajos, guitarras eléctricas...
Édgar Muenala reside 15 años en Vancouver, Canadá, y aprendió a entonar con Ñanda Mañachi y Peguche.
Para él, la fusión de culturas y ritmos es inevitable en el exterior. “El valor milenario de nuestra música andina gusta mucho, pero atrae más cuando se usa la tecnología y se funde con otros ritmos. A pesar de esto conservamos en la esencia lo que somos: seres paridos por la Paccha Mama”.
Winiaypa abrió los conciertos
Es viernes en Otavalo y en ‘la carpa’, un lugar tradicional, Winiaypa se alista. El espacio acoge a
3 000 personas y el concierto debía empezar a las 20:00.
Rosita Cotacachi, de Churay Producciones, trabaja para cerciorarse que todo marche bien.
Las más de 240 sillas blancas al pie del gran escenario se llenan y lo mismo ocurre con los espacios adicionales y aún queda gente haciendo fila afuera. La entrada cuesta 8 dólares y da derecho a un CD del grupo. El ingreso es muy vigilado. Nada de alcohol, armas o cualquier objeto peligroso.
En los camerinos, Maldi Gramal, director de Winiaypa, aguarda nervioso.
Hace 21 años sus cuatro integrantes dejaron Otavalo para radicarse en Bélgica, Holanda, Canadá y España. “Somos hermanos y formamos familias en esos países. Siempre estamos en contacto y nos juntamos para grabar y dar conciertos”.
Su estilo se fusionó con ritmos europeos, sin cambiar la matriz andina. “Cada año venimos a Otavalo por el Pawkar Raymi; es un momento especial porque es la fiesta del reencuentro. A los extranjeros les encanta lo exótico y nosotros aprovechamos ese gusto”. A las 21:00 arranca el concierto con una explosión de fuegos artifíciales. Europeos, norteamericanos e indios en un solo coro ovacionan a Winiaypa.
Ñucanchi Ñán: 20 años por el mundo
Empezó en 1985 interpretando su música en escenarios familiares y luego, con el respaldo de vecinos y amigos, probaron en repertorios mayores.
En los últimos 20 años, los ocho integrantes viajaron por el mundo. Su vestimenta es tradicional: ponchos azules y negros, sombreros oscuros y pantalones y alpargates blancos.
A las quenas, rondadores, bandolinas, charangos, zampoñas y guitarras incorporaron en 1992 el contrabajo.
“Nuestra vestimenta tradicional está en decadencia y eso nos motiva a usarla. Ese es nuestro éxito, el cual nos llevó a componer 130 canciones grabadas en 12 CD”, dice Alfonso Cabascango, líder de Ñucanchi Ñan (Nuestro camino).
Sus interpretaciones hablan de las vivencias indígenas (matrimonios, funerales, las fiestas y las emigraciones).
El ‘rock andino’ se abre camino
Dos Lunas y Sisay tienen dos aspectos comunes: se establecieron en Asia y Europa y mezclaron el folclor con el rock latino.
Humberto Cotacachi, de Dos Lunas, asegura que el dúo empezó hace 15 años y fue a Eslovenia (la ex Yugoeslavia). Su estilo es la unión de los ritmos tradicional andino con rock latino. La última producción se llama ‘Viaje alternativo’ y fue presentada el 22 de febrero. La gente denomina a esta fusión rock andino’ Hay matices de U-2, Jaguares, Maná y Ñucanchi Ñan y Ñanda Mañachi. “A Otavalo vuelvo dos meses al año para presentar las últimas composiciones. A Dos Lunas nos identifican por el rondador, unido a la guitarra distorsionada. Así son nuestros 12 CD, subraya Cotacachi.
La historia de Sisay es interesante. Raúl Cotacachi dice que el grupo se ramificó en Sisay Japón y Sisay Corea.
“Sus integrantes son indígenas y radicamos en ambos países asiáticos”. Tocan bombas, albazos, pasillos y sanjuanitos, reforzados con ritmos actuales.
Sisay recorrió las calles de las ciudades japonesas en 1992 y hoy es uno de los más conocidos en la isla nipona.
“Japón es abierto, la música andina se ha vuelto familiar y en el 2001 abrimos una academia para enseñar a tocarla.
Nuestros 9 CD se han vendido bien y eso nos ha obligado a realizar tours en diciembre por Tokio, Osaka, Hiroshima y Seúl; el trabajo es grande y nos dividimos por cuestión de negocios”.
Todos son nómadas
Los Chakras se fundó en 1993 y evolucionó con ritmos extranjeros y nacionales. Son 13 miembros y su último CD es ‘Pies descalzos’. Estuvieron en Asia, Europa y Norteamérica. “El año pasado hubo una encuesta para saber cuántos grupos hay en Otavalo y se identificaron 50 que cuentan con grabaciones; esto da una idea de cómo nuestra identidad se mantiene, aunque la vestimenta haya cambiado”, dice Henry Muenala, fundador. Un especialista es Luis Alberto Terán, dueño de la tienda Sonido de los Andes. “No vendemos CD piratas, queremos apoyar lo nuestro. Compramos cada CD en USD 4 y los vendemos en USD 7,50. son originales y de calidad”. La mayoría del material se graba en el exterior y eso influye en el precio.
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